O los libros de lo inevitable

Wednesday, December 14, 2005

Madame Edwarda V

XVII
Se deslizó, muda, retrocediendo hacia la columna de la izquierda. Yo estaba a dos pasos de la puerta monumental. Cuando penetré bajo el arco de piedra, la túnica desapareció si hacer ruido. Escuchaba conteniendo la respiración. Me sorpendía entenderlo todo: supe, cuando ella echó a correr, que forzosamente debía correr, precipitarse hacia la puerta; cuando se detuvo estaba suspendida en una especie de ausencia, más allá de todas las risas posibles. Ya no la veía: una oscuridad de muerte descendía de las bóvedas. Sin haber pensado en ello un solo instante, "sabía" que comenzaba la agonía . Aceptaba; deseaba sufrir, ir más lejos, ir, auqnue para ello tuviera que morir, hasta el vacío mismo. Conocía, quería conocer, ávido de su secreto, sin dudar un solo instante de que en ella reinaba la muerte.
XVIII
Gimiendo bajo la bóveda, yo estaba aterrorizado, reía:
-El único de los hombres que ha traspuesto la nada de este arco...
Me hacía temblar la idea de que ella pudiera huir, desaparecer para siempre. Temblaba de aceptarlo, pero de imaginarlo enloquecía: me precipité para rodear la columna. Con la misma rapidez corrí alrededor de la columna del lado derecho: había desaparecido, pero no podía creerlo. Me quedé abrumado ante la puerta y comenzaba a desesperarme, cuando percibí, del otro lado de la calle, inmóvil, el dominó que se perdía entre las sombras: Edwarda estaba de pie, aún sensiblemente ausente, frente a una terraza de café desierta. Me dirigí hacia ella: parecía loca, evidentemente, como si hubiera venido de otro mundo y, en la calle, menos que un fantasma, una niebla tardía. Retrocedió lentamente hasta toparse con una mesa del café vacío.
Como si la despertara, dijo con una voz exánime:
-¿En dónde estoy?
XIX
Desesperado, le mostré el cielo vacío sobre nuestras cabezas. Alzó la mirada; por un momento, bajo la máscara, permaneció con los ojos vagos, perdidos en el campo de estrellas. Yo la sostenía; con sus dos manos tenía, enfermizamente, el dominó cerrado. Comenzó a retorcerse convulsivamente. Sufría. Creí que lloraba, pero era como si el mundo y la angustia la sofocaran sin dejarla suspirar. Se alejó presa de una obscura repugnancia , rechazándome. Súbitamente enloquecida, se precipitó; luego se detuvo; alzando los vuelos del dominó bruscamente, mostró sus nalgas. Y volviéndose, se lanzó contra mí. Una fuerza salvaje la animaba, furiosamente me golpeaba el rostro; me golpeba a puñetazos, con un impulso furioso de pelea. Tropecé y caí. Ella huyó corriendo.
XX
No había conseguido incorporarme; estaba todavía arrodillado cuando se volvió. Con una voz quebrada, imposible, clamando al cielo y vociferando al tiempo que agitaba horrorosamente los brazos, gritó:
-Me ahogo; ¡maldito beato, ME CAGO EN TI!...
La voz se quebró en una especie de estertor; alargó las manos como para estrangular y se desplomó.
Como un trozo de lombriz, se agitaba, presa de espasmos respiratorios. me incliné sobre ella y tuve que arrancarle de la boca el encaje del antifaz que la atragantaba y que ella mordía furiosamente. El desorden de sus movimientos la había descubierto hasta el pubis: su desnudez tenía ahora la carencia a la vez que el exceso de sentido de una vestidura de muerto. Lo más extraño y lo más angustioso era el silencio en que permanecía encerrada: toda comunicación con su sufrimiento era imposible y yo me empeñaba en esta ausencia de salida, en esta noche del corazón que no estaba ni más desierta ni era menos hostil que el cielo vacío. Las convulsiones, como de pescado, de su cuerpo, la furia innoble que expresaba su rostro maligno, calcinaban en mí la vida y la desgarraban hasta el asco.

No comments: